El contexto  en el cual nace Energía para los Derechos Humanos

 

“… Cada ser humano, por el solo hecho de haber nacido, tiene  derecho a la salud, a la alimentación, a la educación, a una casa y a una existencia digna”

… Cada ser humano tiene derecho a la felicidad y a la plenitud de la propia existencia.”

 

Pobreza, hambre, enfermedades, guerra, terrorismo, explotación, confronto entre culturas, discriminación, problemas ambientales… pero también la soledad, desesperación, inseguridad… Todo esto está íntimamente relacionado al sistema de vida actual, deshumano y violento.

Un sistema basado en la agresividad y la competencia, en la acumulación frenética de bienes y en el ejercicio de la violencia legitimada para obtener beneficios particulares. Un sistema que, entonces, solo puede dar estos frutos.
Por lo tanto, sería ingenuo pretender una evolución hacia un mundo mejor mediante reformas coyunturales que no transformen radicalmente la escala actual de valores y la organización social, política y económica del mundo en el que vivimos.

Es absurdo seguir creyendo que la evolución y el progreso provienen del actual sistema financiero, económico y gubernamental. Es precisamente este sistema el que ha producido esta situación y desea mantenerla.


Este sistema no es “mejorable”, no es “perfectible”: es simplemente para ser reconstruido

La única vía de salida es que la gente se haga cargo del cambio, comenzando a organizarse y a actuar en primera persona, partiendo del propio ámbito cotidiano e inmediato, para luego extender su propia acción hasta los límites de sus posibilidades.


Solo los pueblos pueden dar soluciones a los problemas de los pueblos

Hoy en día hay muchas personas y organizaciones que se comprometen de buena fe con diferentes actividades sociales. Sin embargo, no es posible una transformación verdaderamente significativa sin la colaboración en un proyecto global destinado a crear una nueva civilización humana.

Las mismas actividades promovidas por Energía para los Derechos Humanos arriesgarían no llegar a las transformaciones deseadas si no fueran parte de un proyecto global y no violento más amplio: el Movimiento Humanista, un proyecto que, moviéndose en el campo cultural social y político, se activó en 110 países involucrando a millones de voluntarios. La aspiración que lo mueve es la realización de la Nación Humana Universal donde, cada individuo, por el simple hecho de nacer ve reconocidos sus propios derechos a la salud,  a la educación, a la igualdad de oportunidades y el derecho a la felicidad y a la plenitud de la propia existencia.


NO VIOLENCIA

El humanismo universalista aspira a la construcción de una Nación Humana Universal como meta del proceso social humano. Trabajar para este objetivo implica una metodología de acción consistente con su ética. Esta metodología es la no violencia.

La no-violencia puede ser entendida como un sistema determinado de conceptos morales que rechaza la violencia y como una estrategia de lucha que consiste en la denuncia sistemática de todas las formas de violencia ejercidas por el sistema.

Reconoce entre sus antecedentes las acciones desarrolladas por Mahatma Ghandi, Martin L. King y Kwame Nkrumah, entre otros.

A diferencia del pacifismo, que es una denuncia contra el armamentismo, la no violencia se constituye como un método de acción y un estilo de vida.

Este método de acción combina la coherencia interna de pensar, sentir y actuar en la misma dirección, con la coherencia social de tratar a los demás de la manera en que nos gustaría ser tratados.

El ser humano, en su movimiento hacia la libertad, es decir en la lucha para superar las condiciones de dolor y sufrimiento, encuentra en la metodología de la no violencia un instrumento de transformación del ambiente histórico-social coherente con la construcción de la Nación Humana Universal y con su propio registro interno de unidad.